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Los partidos dominicanos y la paradoja del poder

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Hay una constante que, con el paso del tiempo, parece repetirse en la política dominicana: los partidos fortalecen su estructura, invierten en la formación de sus dirigentes y revitalizan su militancia cuando están fuera del poder. Paradójicamente, cuando llegan al gobierno, esa dinámica suele perder fuerza.

No es una crítica dirigida a una organización en particular. Es un comportamiento que atraviesa distintas etapas de nuestra democracia.

El PRM es un ejemplo de ello. Nació como una organización joven y alcanzó el poder en un tiempo relativamente corto. Ese rápido ascenso fue posible, en gran medida, gracias a un intenso trabajo de organización, crecimiento territorial y preparación de sus cuadros. Sin embargo, una vez convertido en partido de gobierno, el reto ha cambiado. Hoy debe demostrar que es capaz de gobernar sin descuidar la construcción institucional y la formación permanente de su dirigencia.

El PLD también recorrió ese camino. Antes de convertirse en una maquinaria electoral y de gobierno, dedicó décadas a la formación política de sus miembros, siguiendo la visión de Juan Bosch. Aquella disciplina y el estudio fueron parte esencial de su identidad. Con el paso de los años y el ejercicio prolongado del poder, esa mística fue cediendo espacio a las exigencias de la administración pública. Hoy, desde la oposición, vuelve a colocar la capacitación y la reorganización entre sus prioridades.

Algo similar ocurre con la Fuerza del Pueblo. Aunque como partido aún no ha gobernado, gran parte de su fortaleza actual descansa en un proceso permanente de expansión, organización y formación política. Y no es casualidad. Muchos de quienes hoy impulsan esa estrategia fueron protagonistas de ese mismo modelo durante los años en que el PLD construía su liderazgo nacional.

Quizás esa sea la mayor ironía de nuestra política: los partidos parecen recordar el valor de la formación, el debate interno y el contacto con su militancia cuando dejan de administrar el Estado. Es entonces cuando reaparecen las escuelas de formación, los encuentros regionales, los seminarios y los programas para preparar nuevos liderazgos.

Gobernar demanda tiempo, recursos y atención. Eso es innegable. Pero dirigir un Estado no debería significar abandonar la vida partidaria. Un partido que deja de formar a sus dirigentes mientras gobierna corre el riesgo de depender exclusivamente de la popularidad de sus líderes o del control de la administración pública para sostenerse.

La democracia necesita partidos vivos, no solo maquinarias electorales. Organizaciones que formen líderes tanto en la oposición como en el gobierno; que promuevan el pensamiento crítico cuando ganan y cuando pierden; que entiendan que la institucionalidad se construye todos los días y no únicamente cuando se preparan para volver al poder.

Porque si la formación política solo florece en la oposición, entonces no estamos fortaleciendo partidos. Estamos, simplemente, preparándonos para la próxima campaña.

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