Por @DanylsaVargas

La fe siempre ha sido cuestionada. Y, siendo honestos, no sin razones. Existen quienes han hecho de ella un negocio, manipulan la esperanza de las personas, juegan con la necesidad espiritual de los creyentes y utilizan el púlpito para beneficio propio. Esa realidad no puede ignorarse.
Pero también existe la otra cara: hombres y mujeres que viven la fe en su máxima expresión. Personas que sirven sin esperar reconocimiento, que ayudan al necesitado, que extienden la mano al que sufre y que, con sus acciones, reflejan el amor de Dios. Son quienes demuestran que creer va mucho más allá de un discurso: es una forma de vivir.
En medio de ese contraste surge otro debate: el de los pastores. Con frecuencia se les exige una perfección que nadie más está dispuesto a exigirse. Sí, deben procurar una vida coherente con lo que predican; ese es parte de su llamado y de su responsabilidad. Pero siguen siendo seres humanos: imperfectos, con fortalezas y debilidades, virtudes y defectos, como cualquier otra persona.
La Biblia nos llama a congregarnos, a fortalecer nuestra fe, a crecer en comunión y a extender el mensaje del Evangelio. Sin embargo, pertenecer a una congregación no elimina la responsabilidad individual. Dentro de la iglesia, cada persona responderá por sus propios actos y por la autenticidad de su relación con Dios.

El problema comienza cuando convertimos a un hombre en el centro de nuestra fe. Cuando buscamos en un pastor la perfección que solo pertenece a Dios, terminamos edificando una fe frágil, dependiente de la conducta de otro y no de nuestras propias convicciones.
Criticamos con demasiada ligereza aquello que nuestros ojos apenas alcanzan a percibir. En la mayoría de los casos, emitimos juicios sin pruebas, sin conocer la historia completa y sin asumir la responsabilidad que implica señalar a otro. Casi nunca utilizamos ese mismo fervor para mirarnos a nosotros mismos y preguntarnos: ¿qué me lleva a juzgar con tanta facilidad? O, más importante aún: ¿qué estoy haciendo yo frente a eso mismo que tanto critico?
Es más sencillo señalar las faltas ajenas que confrontar las propias. Pero la fe auténtica no nos invita a vivir pendientes de los errores de los demás, sino a examinar nuestro propio corazón, corregir nuestro caminar y ser instrumentos de amor, verdad y restauración.
La fe madura no depende de la impecabilidad de quien predica, sino de la certeza de quien cree. Los hombres pueden fallar, decepcionar e incluso apartarse del camino. Dios, no.
Quizá ha llegado el momento de dejar de buscar dioses en los hombres y comenzar a fortalecer una relación más íntima, consciente y personal con Dios. Porque la verdadera fe no se sostiene en la perfección de un pastor, sino en la fidelidad de un Dios que nunca falla.
Los líderes espirituales deben ser ejemplo, sí. Deben rendir cuentas, actuar con integridad y asumir la responsabilidad que implica guiar a otros. Pero ningún pastor sustituye a Dios, y ningún error humano debería tener el poder de destruir una fe que ha sido edificada sobre Él.

Porque, al final, el verdadero examen de la fe no consiste en encontrar las imperfecciones de quienes predican, sino en preguntarnos si nosotros estamos viviendo aquello que decimos creer.



