Por: Ana Jiménez
Después de décadas de espera, la República Dominicana cuenta finalmente con un nuevo Código Penal.
Más allá de las diferencias que ha generado su contenido, hay un hecho innegable: el país necesitaba actualizar una legislación que, en esencia, tenía sus raíces en un código promulgado en 1844 y que, con múltiples modificaciones, ya no respondía plenamente a las exigencias de la sociedad actual.
Resulta difícil entender cómo el sistema político dominicano permitió que durante tantos años la administración de justicia continuara sustentándose en un instrumento jurídico concebido para una realidad completamente distinta. Mientras el mundo avanzaba en materia de derechos, tecnología, criminalidad, protección de las víctimas y nuevas modalidades del delito, la República Dominicana permanecía atrapada en interminables debates que impedían una reforma integral.
La aprobación del nuevo Código Penal no significa el fin de la discusión; por el contrario, representa el inicio de una nueva etapa.
En una democracia es natural que existan posiciones encontradas, observaciones, propuestas de modificación e incluso acciones ante el Tribunal Constitucional cuando se considere que alguna disposición vulnera la Constitución. Esos mecanismos fortalecen el Estado de derecho y garantizan que las leyes puedan perfeccionarse.
Sería un error presentar este código como una obra perfecta o definitiva. Ninguna legislación lo es. Toda norma jurídica debe evolucionar al ritmo de la sociedad a la que sirve.
Por ello, corresponde ahora revisar con responsabilidad aquellos artículos que puedan afectar derechos ciudadanos, limitar el ejercicio de determinadas profesiones o generar vacíos legales que deban ser corregidos.
Lo verdaderamente importante es que el país ha dado un paso que durante años parecía imposible.
Ahora el desafío consiste en escuchar a todos los sectores, evaluar con objetividad las críticas y realizar las reformas que sean necesarias para que el Código Penal responda al interés general y garantice una justicia más moderna, eficaz y equilibrada.
Las discusiones continuarán y las diferencias persistirán. Eso forma parte de la vida democrática.
Sin embargo, la verdadera responsabilidad de la clase política, de los juristas y de la sociedad será trabajar para que este nuevo instrumento legal sea cada vez más justo, más inclusivo y más acorde con los desafíos del siglo XXI.
El reto ya no es aprobar un Código Penal.
El reto es convertirlo en una herramienta que fortalezca la justicia, proteja los derechos de todos y responda a las necesidades de la República Dominicana de hoy y del futuro.



