Por @DanylsaVargas

Hay algo que hacemos todos los días casi sin darnos cuenta: abrimos las redes sociales y comenzamos a mirar.
Un escándalo nos indigna.
Una tragedia nos impacta.
Una pelea nos entretiene.
Una opinión nos provoca.
Y nos quedamos ahí.
Miramos, comentamos, compartimos, discutimos…
Pero el algoritmo toma nota. Después nos muestra más de eso mismo.

Por eso muchas veces sentimos que las redes sociales nos conocen demasiado bien.
Y, en cierta forma, es así.
Pero no porque puedan leer nuestra mente.
Es porque nosotros mismos les vamos enseñando qué nos lleva a reaccionar.
Cada clic, cada like, cada comentario, cada video que terminamos de ver, cada publicación que compartimos, es información.
Y con esa información, las plataformas construyen un entorno digital cada vez más parecido a nuestros intereses y, sobre todo, a nuestras reacciones.
¡Ese es el verdadero poder del algoritmo!
No necesariamente necesita decirnos qué pensar, basta con mostrarnos, una y otra vez, lo que nos atrae.
Lo que nos indigna.
Lo que nos asusta.
Lo que nos entretiene.
Lo que confirma que tenemos la razón.
Y poco a poco, dejamos de consumir información y empezamos a consumir emociones.
Llevándonos al punto, de ver un video y creer que conocemos toda la historia o leer un titular y creer que tenemos todos los datos.
Sin hacer el mínimo esfuerzo de contratar un poco más.
Hazte la siguiente pregunta:
¿Estoy formando mi opinión o el algoritmo está reforzando una opinión que ya sabe que me hará reaccionar?
Y quizás ahí está el verdadero peligro.

No que las redes sociales nos digan qué pensar, sino que nos acostumbremos tanto a escuchar solamente lo que queremos escuchar, que dejemos de preguntarnos qué estamos dejando de ver.
Y una sociedad que ya no quiere escuchar lo que la contradice puede terminar perdiendo algo mucho más importante que una discusión en redes: la capacidad de pensar por sí misma.




