Por @DanylsaVargas
Las redes sociales han abierto un abanico de oportunidades. Hoy, personas que antes no tenían la más mínima posibilidad de ser escuchadas pueden expresar sus ideas, denunciar injusticias, mostrar sus talentos y conectar con miles de personas sin necesidad de tener detrás un gran medio de comunicación.

Esa apertura ha democratizado la comunicación y ha dado voz a quienes durante mucho tiempo no la tuvieron.
Pero también ha dejado al descubierto una realidad que debería preocuparnos: el deterioro de la convivencia, la pérdida de ciertos límites y las señales de sufrimiento emocional que muchas veces pasan inadvertidas en nuestra sociedad.
República Dominicana no es la excepción.
Basta con entrar a las redes sociales para encontrarnos con videos de personas que buscan atribuirse cercanía con hechos de gran repercusión, involucrarse en situaciones delicadas o hacer declaraciones escandalosas con tal de conseguir unos minutos de fama.

Otros van mucho más lejos. Se exponen al ridículo, ponen en riesgo su integridad, humillan a otras personas o protagonizan escenas que nos llevan a preguntarnos qué está pasando.
Al principio, solemos pensar que todo responde al deseo de llamar la atención, ganar seguidores o hacerse viral. Y, ciertamente, ese afán existe. En una sociedad donde la popularidad se mide en reproducciones, comentarios y seguidores, hay quienes parecen dispuestos a hacer cualquier cosa para conseguirla.
Pero ¿y si el problema va más allá de querer ser famosos?
Quizás estamos confundiendo la necesidad de reconocimiento con la necesidad de ser vistos. Quizás estamos normalizando conductas que merecen una mirada más profunda. Y quizás, detrás de algunos de estos comportamientos, hay situaciones personales, emocionales o sociales que no conocemos y que no deberíamos apresurarnos a diagnosticar desde una pantalla.
Porque las redes sociales, por sí solas, no explican todo lo que estamos viendo. Tampoco podemos afirmar que cada comportamiento extraño sea una señal de un trastorno mental. Sin embargo, sí nos permiten observar conductas que merecen atención y nos obligan a preguntarnos qué está ocurriendo como sociedad.
Tal vez las redes sociales no estén creando toda esta realidad. Tal vez simplemente nos están permitiendo verla con una claridad que antes no teníamos.
Lo preocupante es que, mientras algunos protagonizan escenas cada vez más extremas para conseguir atención, otros las consumen, las comparten y las convierten en espectáculo. La conducta que ayer nos escandalizaba puede terminar convertida hoy en un contenido que genera risas, comentarios y miles de reproducciones.
Y así, poco a poco, corremos el riesgo de normalizar lo que debería hacernos reflexionar.
No se trata de censurar las redes ni de pretender que todos debemos comportarnos de la misma manera. Se trata de entender que la libertad de expresión no elimina nuestra responsabilidad, que la búsqueda de popularidad no debería estar por encima de la dignidad y que no todo lo que genera atención merece ser celebrado.
También debemos hablar de salud mental sin burlas, sin estigmas y sin convertirla en una etiqueta para descalificar a quienes se comportan de manera diferente. Necesitamos más educación emocional, más orientación y una sociedad menos dispuesta a juzgar y más dispuesta a comprender.

Las redes nos han dado una ventana al mundo, pero también nos han colocado frente a un espejo. Y lo que vemos no siempre nos gusta.
Quizás el verdadero problema no sea solamente lo que algunas personas están dispuestas a hacer para hacerse virales, sino lo que estamos dispuestos a consumir, aplaudir y compartir para que sigan haciéndolo.
Al final, la viralidad dura unos días. Las consecuencias, siempre.



