Por @Danylsa Vargas

En la República Dominicana, el sistema de pesos y contrapesos existe con impecable redacción constitucional. Está ahí, claro y ordenado, como un plano perfecto. El problema es que es prácticamente en el imaginario . En la práctica, el equilibrio democrático funciona de manera irregular y, a ratos, como forma decorativa.
Considero que, la democracia dominicana no enfrenta una crisis de legalidad, sino una crisis de ejercicio del poder.
Históricamente, el Poder Ejecutivo ha concentrado un peso político desproporcionado. El control del presupuesto, la iniciativa legislativa, los nombramientos y la influencia partidaria convierten al Presidente en el eje real del sistema, como si de cualquier sistema presidencialista se trata.
El resultado es un desequilibrio silencioso: el poder no se fiscaliza, se administra entre aliados.
Dentro de este con todo, el Congreso Nacional debería ser el principal muro de contención frente al Ejecutivo. Sin embargo, la disciplina partidaria, el clientelismo y la lógica de cuotas han erosionado su función esencial.
Demasiadas veces el Congreso actúa como oficina de trámite del poder presidencial, poniendo en claro que, cuando la lealtad al partido pesa más que la responsabilidad con el país, el contrapeso desaparece.
Por su lado, el Poder Judicial y, en especial el Tribunal Constitucional, está llamado a ser el último freno frente a los excesos del poder. No obstante, su rol se debilita cuando la ciudadanía percibe que algunas decisiones responden más a coyunturas políticas que a principios jurídicos. Aunque desde mi óptica, debemos ser justos, el Tribunal Constitucional ha mantenido sus esencia, respetando primero el orden constitucional.
Instituciones como la Cámara de Cuentas, el Ministerio Público o los órganos de fiscalización administrativa existen para incomodar al poder, no para convivir cómodamente con él. Cuando operan con lentitud, selectividad o silencios estratégicos, el mensaje es claro: el sistema se vigila a sí mismo.
¡Y un poder que se autocontrola rara vez se limita!.
El mayor vacío no está solo en las instituciones, sino en la cultura democrática. Una sociedad que normaliza los abusos, que se resigna o que olvida rápido, renuncia a su rol de contrapeso social. Sin presión ciudadana, los equilibrios se convierten en formalidades.
En la República Dominicana, los pesos y contrapesos no fallan por diseño, sino por falta de voluntad política y exigencia social. Cuando fiscalizar se percibe como traición y no como deber, el sistema se vacía de contenido.
Sin confianza pública, ningún contrapeso es plenamente efectivo…




