Por Ana Jiménez
Una vez más se repite la historia.
Podemos cambiar los rostros, los nombres y hasta los titulares, pero el guion es el mismo: cada episodio de lluvias en la República Dominicana se traduce en desastre. Inundaciones, derrumbes, pérdidas humanas, familias desplazadas… y, como parte de una rutina ya normalizada, los mismos operativos de emergencia y la misma exposición mediática de funcionarios.
Es un drama cíclico donde solo cambia la fecha.
El país de la reacción, no de la prevención
Mientras las cámaras enfocan la tragedia, el discurso también se recicla. Autoridades que prometen soluciones, brigadas que actúan cuando ya el daño está hecho, y políticos que convierten el dolor en escenario.
Sin embargo, la verdad es otra: la fiebre no está en la sábana.
El problema no es la lluvia. Es la ausencia de planificación. Es la debilidad institucional. Es la falta de políticas públicas sostenidas en el tiempo.
Porque prevenir no da titulares inmediatos. Pero salva vidas.
Fallas estructurales que se repiten
Cuando los drenajes colapsan, no es casualidad: es basura acumulada que no se recoge.
Cuando las calles se inundan, no es solo por el volumen de agua: es por la falta de sistemas de alcantarillado adecuados.
Cuando comunidades enteras quedan vulnerables, no es mala suerte: es el resultado de años de abandono.
Aquí no hay sorpresa. Hay negligencia acumulada.
Durante décadas, la inversión en infraestructura pluvial ha sido insuficiente, fragmentada o simplemente inexistente. Lo urgente desplaza constantemente lo importante, y el país continúa atrapado en un ciclo de improvisación.
La deuda pendiente del Estado
La verdadera respuesta no está en repartir ayudas en medio del desastre, sino en evitar que el desastre ocurra.
Eso implica decisiones difíciles: ordenar el territorio, invertir en drenaje, garantizar la recogida de residuos, aplicar la ley sin excepciones y, sobre todo, asumir la prevención como política de Estado.
Pero esa voluntad sigue ausente.
Y mientras tanto, la deuda crece. No solo en infraestructura, sino en confianza ciudadana.
La pregunta que sigue sin respuesta
Entonces, la interrogante es inevitable:
¿Hasta cuándo vamos a seguir reaccionando en lugar de prevenir?
Porque cada lluvia no debería ser una tragedia anunciada.
Pero en este país, lamentablemente, lo sigue siendo.



