Por @Danylsavargas

Hay fechas que trascienden lo religioso y se convierten en un espejo social. El Domingo de Resurrección no solo simboliza vida después de la muerte; también invoca nuestras propias ruinas: las morales, las institucionales, las colectivas. Nos obliga a preguntarnos, sin evadir, qué partes de nosotros, como sociedad dominicana, necesitan resucitar.
Vivimos en un país que, a ratos, parece acostumbrarse a sobrevivir en lugar de aspirar a transformarse. Nos indignamos rápido, pero olvidamos igual de rápido. Denunciamos el desorden, pero muchas veces lo reproducimos en lo cotidiano: en el caos del tránsito, en la impuntualidad, en la indiferencia ante lo público, en el afán con que aplaudimos cuando nos conviene.

La resurrección, en este contexto, no puede ser solo un acto simbólico de Fe. Debe convertirse en una decisión colectiva. Resucitar valores que han sido desplazados por la conveniencia: la responsabilidad, el respeto a la ley, la ética en lo público y en lo privado. Porque ningún país avanza sostenidamente cuando su cultura tolera lo que en discurso condena.
También hay una resurrección pendiente en nuestras instituciones. No basta con discursos de reformas o promesas de cambio si no se traduce en confianza real. La justicia que tarda o que se percibe selectiva, la burocracia que desgasta, los servicios que no responden… todo eso erosiona la credibilidad. Y un país sin confianza, es un país que camina con miedo, no con propósito.

Pero sería injusto quedarnos solo en la crítica. Somos un país resiliente, de gente que madruga, que emprende, que estudia, que insiste en hacer las cosas bien aun cuando el sistema no siempre acompaña.
Este Domingo de Resurrección nos deja, entonces, una oportunidad para la transformación, esa que comienza con pequeñas decisiones pero constantes. En cumplir normas aunque nadie nos mire. En exigir, pero también en actuar con coherencia. En entender que el país no es una abstracción: está compuesto por todos, por nosotros.




