Por @DanylsaVargas
Hay imágenes que deberían obligarnos a detenernos.
No para justificar lo injustificable, sino para intentar entender cómo llegamos hasta ahí.

En los últimos días hemos vuelto a ver noticias sobre jóvenes muertos en enfrentamientos con agentes de la Policía Nacional. Muchachos muy jóvenes, algunos apenas entrando a la adultez, cuyas vidas terminan violentamente antes de los 22 años.
Y mientras unos preguntan por qué esos jóvenes delinquen, otros preguntan por qué la Policía los enfrenta de esa manera.
Pero quizás estamos mirando solamente el último capítulo de una historia que comenzó muchos años antes.

Porque antes del delincuente, hubo un niño.
Un niño que pudo haber crecido en medio del abandono.
Un niño que pudo haber sido víctima de violencia.
Un niño que pudo haber dejado la escuela.
Un niño que quizás creció sin límites, pero también sin afecto, sin supervisión y sin un adulto que le mostrara otro camino.
O simplemente, una niña teniendo otro niño, como parte de las altas estadísticas de embarazo en adolescentes.
Entender las circunstancias que pueden rodear la vida de un joven no significa justificar sus delitos.
El robo, la violencia, las armas y la muerte tienen consecuencias; una sociedad necesita seguridad y necesita que la ley se cumpla.
Pero una sociedad que solamente interviene cuando el muchacho ya tiene un arma en la mano, está llegando demasiado tarde.

¿Dónde estábamos cuando ese delincuente todavía era un niño?
Porque cuando un joven de 18, 19, 20 o 21 años muere en un enfrentamiento, nos concentramos en las últimas horas de su vida.
¿Pero qué pasó durante los 20 años anteriores?
Porque cuando la familia, la escuela y el Estado dejan un vacío, alguien lo ocupa.
Puede ser un entrenador, un maestro, una iglesia, una organización comunitaria, un programa deportivo, una oportunidad de empleo.
Pero también, esta la otra realidad, puede ocuparlo una pandilla, una red criminal, el microtráfico o alguien dispuesto a ofrecerle al adolescente aquello que no encontró en su entorno: sentido de pertenencia, dinero, reconocimiento y poder.
Entonces llega el momento en que ese niño ya no aparece en nuestras estadísticas como un niño vulnerable, aparece como un delincuente.
Por eso estoy segura de que la seguridad ciudadana también se construye mucho antes de que aparezca una pistola.
Se construye en una casa donde un niño es protegido.
En una escuela donde alguien nota su ausencia.
En un barrio donde existen oportunidades.
En una cancha donde hay disciplina.
En un programa que identifica a tiempo a un adolescente en riesgo…
No podemos caer tampoco en la simplificación de pensar que todo joven que sufrió abandono terminará siendo delincuente. Miles de niños enfrentan circunstancias difíciles y logran construir vidas diferentes.
Pero tampoco podemos ignorar las condiciones sociales que pueden aumentar la vulnerabilidad de algunos de ellos.
¿Cuántos jóvenes estamos perdiendo antes de que tengan la oportunidad de convertirse en adultos?
Quizás necesitamos dejar de discutir exclusivamente sobre qué hacer con el joven cuando ya está armado y empezar a discutir qué estamos haciendo con el niño cuando todavía podemos cambiar su historia.
Y todo esto lo pensé luego de escuchar las declaraciones virales en redes sociales del joven apodado “Micha”, apresado en San Francisco de Macorís acusado de múltiples delitos y al cuestionársele su comportamiento dijo esta frase:
“Mi mamá me abandonó desde que tenía seis meses, por eso no tengo piedad”.

No sabemos toda la historia de ese joven. No debemos convertir una frase en una explicación absoluta de su conducta.
Pero sí podemos convertirla en una pregunta colectiva.
¿Cuántos niños están creciendo hoy con heridas que nadie está viendo?
Antes del delincuente, hubo un niño.
Y quizá la verdadera batalla por la seguridad de nuestro país comienza precisamente ahí.



