Por @Danylsavargas
La minería no es sinónimo de enemigo. Convertirla en un adversario automático es una simplificación que nos aleja del debate que realmente importa: cómo hacerla bien o cómo evitar que se haga mal.

Durante años, la discusión pública ha estado marcada por extremos: o se demoniza la actividad minera como una amenaza absoluta, o se defiende sin matices en nombre del crecimiento económico. Ninguna de las dos posturas construye soluciones sostenibles. La realidad es más compleja, y también más exigente: la minería puede convivir con el medioambiente y con las comunidades, pero solo si se establecen reglas claras, se aplican con rigor y se vigilan sin complacencias.
En ese contexto, el caso de GoldQuest Mining y su Proyecto Romero abre una ventana interesante para elevar el nivel del debate en la República Dominicana. La disposición de la empresa a someterse a una Evaluación Ambiental Estratégica, aun cuando no es un requisito legal, envía una señal que no debería pasar desapercibida: la de que la confianza no se impone, se construye.

Pero esa confianza no puede basarse únicamente en declaraciones. Debe sostenerse en hechos verificables, en supervisión independiente y en una institucionalidad capaz de hacer cumplir la ley sin excepciones. La referencia a estándares internacionales como los de la International Finance Corporation y el acompañamiento de firmas técnicas como AECOM apuntan en la dirección correcta, pero el verdadero reto está en la ejecución y en la transparencia continua.
Hoy existen tecnologías y modelos operativos que permiten reducir significativamente los impactos ambientales: minería subterránea, eliminación de sustancias altamente contaminantes, planes de manejo hídrico y estrategias de cierre responsable. Negar estos avances es tan imprudente como ignorar los riesgos reales que históricamente han acompañado a esta industria.

Por eso, el debate de fondo no es ideológico, sino práctico: ¿estamos como país preparados para exigir y garantizar una minería responsable?
¿Tenemos instituciones fuertes, mecanismos de fiscalización efectivos y una ciudadanía activa que no delegue su rol?
Si la respuesta es afirmativa, entonces la minería puede convertirse en una herramienta de desarrollo, especialmente para territorios con limitadas oportunidades económicas, como San Juan de la Maguana. Si no lo es, cualquier proyecto, por bien diseñado que esté, corre el riesgo de reproducir errores del pasado.

La convivencia entre desarrollo económico y protección ambiental no es una utopía. Es una decisión. Y como toda decisión importante, requiere responsabilidad, vigilancia y, sobre todo, coherencia.
La minería no es el enemigo. El verdadero enemigo es hacerla mal.



