La visita de Estado de Donald Trump a China, la primera de su segundo mandato, ha generado grandes expectativas, y sin embargo es poco probable que sirva para lograr un entendimiento entre las dos mayores economías del mundo. Son demasiados los asuntos a dirimir por el presidente norteamericano y su homólogo chino, empezando por la tregua arancelaria firmada en octubre del año pasado, que a ambas partes convendría prorrogar aunque suponga mantener la provisionalidad sobre sus relaciones comerciales.
Pero los asuntos más apremiantes, como las repercusiones para Pekín Pekíndel prolongado cierre del estrecho de Ormuz o las sanciones de Washington a las refinerías de petróleo chinas que procesen petróleo de Irán, probablemente copen los debates.
La Casa Blanca quiere conseguir de Xi un mayor compromiso para forzar a que Vladímir Putin firme la paz con Ucrania, además de garantías de que dejará de presionar a Japón, a Taiwán y a otros aliados asiáticos de Estados Unidos.
Por su parte, el régimen comunista necesita un alivio de los problemas económicos del país, agravados por la falta de suministro de materias primas energéticas desde Oriente Próximo que ha encarecido sus importaciones de petróleo y gas.
La gran influencia de Pekín sobre Teherán puede ser determinante para que los ayatolás acepten suscribir un acuerdo que permita a Trump proclamar una victoria incontestable en su ofensiva bélica contra Irán.
Pero a cambio Xi podría reclamar una contrapartida igual de relevante, como que Estados Unidos rebaje su apoyo a Taipei, e incluso que reconozca el derecho de la China continental a hacerse con el control de la isla rebelde en un futuro no muy lejano. Lo cual dispararía las incertidumbres sobre la producción global de los chips avanzados, dada la posición de cuasi monopolio que ostenta Taiwán.
En el plano económico, la rivalidad encarnizada de ambas potencias por liderar el desarrollo de la inteligencia artificial y sus aplicaciones prácticas no debería ser obstáculo para un consenso, del que también debería formar parte Europa, respecto al uso ético de la misma y su acceso en condiciones equitativas por parte de los países menos desarrollados. El mundo estará observando la reunión de los grandes líderes políticos de la actualidad en espera de señales claras y esperanzadoras en esta época de incertidumbres generalizadas. La pregunta es: ¿serán capaces de estar a la altura de lo que se espera de ellos?
Por qué es importante la cumbre entre Trump y Xi
Donald Trump, presidente de Estados Unidos, y Xi Jinping, dirigente de China, tienen previsto reunirse en Pekín esta semana para celebrar una cumbre de alto nivel que podría dar forma a la próxima etapa de la rivalidad entre las dos principales potencias del mundo.
Se espera que Trump y Xi debatan sobre la guerra en Irán, el comercio, Taiwán y otros puntos conflictivos durante una cumbre de dos días que comenzará el jueves. Trump y Xi se reunieron por última vez en octubre en Corea del Sur, donde acordaron poner fin a una cruenta guerra comercial en la que Estados Unidos impuso aranceles de tres dígitos a los productos chinos y Pekín amenazó con estrangular el suministro mundial de tierras raras.
La visita podría determinar si se mantendrá la delicada distensión establecida desde aquella reunión.Muchas cosas han cambiado desde la última vez que ambos líderes se reunieron. Trump está ahora inmerso en una guerra con Irán, el socio más cercano de China en Medio Oriente, lo que ha provocado una crisis energética mundial y ha desviado los activos militares estadounidenses de Asia. La guerra también ha agotado las municiones estadounidenses, lo que ha suscitado dudas entre algunos analistas chinos sobre la capacidad de Washington para defender Taiwán, socio cercano de Estados Unidos.
Xi se enfrenta a sus propios retos mientras lidia con un crecimiento económico más lento, precios de la energía más altos y la posibilidad de una recesión mundial que perjudicaría a la economía china, que depende en gran medida de las exportaciones.
¿Qué hay sobre la mesa?
Es probable que Trump y Xi hablen de comercio, incluidas posibles inversiones en los países del otro. Washington ha hecho hincapié en lo que los analistas llaman las “cinco b”, por las siglas en inglés de los puntos clave. Entre ellas figuran las compras por parte de China de aviones Boeing, carne de vacuno y soja estadounidenses, así como la creación de una junta de inversiones y otra de comercio. Estas dos entidades delimitarían las áreas de intercambio económico entre Estados Unidos y China que no plantean problemas de seguridad nacional.
Los chinos han hecho hincapié en las “tres t”: aranceles (tariffs, en inglés), tecnología y Taiwán, que Pekín afirma que forma parte de su territorio. Es probable que Pekín presione para que se prorrogue la tregua comercial del año pasado y se suavicen los controles a la exportación de semiconductores avanzados que China necesita para modernizar su sector industrial. Es probable que Xi, quien en febrero le dijo por teléfono a Trump que su país “nunca permitiría que Taiwán se separara de China”, inste a Trump a reducir el apoyo estadounidense a la isla autogobernada.
Se espera que Trump pida a Pekín que persuada a Irán para que reabra el estrecho de Ormuz. También se espera que ambas partes discutan la cooperación en la gestión del riesgo relacionado con la inteligencia artificial.
Trump ha dicho que planteará el caso de Jimmy Lai, activista por la democracia de Hong Kong que fue condenado en febrero a 20 años de prisión por colusión y sedición. Otros temas son la acumulación de armas nucleares de China, la seguridad en el mar de la China Meridional y la reducción de los flujos de fentanilo hacia Estados Unidos.
¿Cuáles son los posibles resultados?
Trump ha presumido de su relación con Xi, a quien califica de “amigo”, y está deseoso de anunciar un aumento de las inversiones chinas en Estados Unidos.
Pero no hay grandes expectativas de que ambas partes lleguen a un acuerdo económico importante o resuelvan sus profundas diferencias. Un resultado más probable es un conjunto de acuerdos modestos sobre inversión y una prórroga de la tregua comercial temporal del año pasado.
“Probablemente no deberíamos esperar de esta reunión avances especialmente sustanciales o importantes”, dijo Zhao Minghao, experto en relaciones internacionales de la Universidad Fudan de Shanghái, quien dijo que la reunión serviría como punto de partida para más interacciones. Funcionarios estadounidenses han dicho que ambos líderes podrían reunirse en cuatro ocasiones este año.
Los analistas afirman que la cumbre también es una forma de que ambas partes ganen tiempo para reducir su dependencia del otro país a medida que la competencia continúa. “Dentro de China sigue existiendo un profundo recelo hacia Estados Unidos”, dijo Bonny Lin, directora del Proyecto sobre el Poder de China y asesora principal del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales.
¿Qué podría salir mal?
Las discrepancias sobre la guerra en Irán podrían socavar las conversaciones. Sin nombrar a Trump, Xi criticó el mes pasado el incumplimiento del derecho internacional por parte del presidente estadounidense y lo calificó de “retorno a la ley de la selva”.
Aunque China está presionando a los funcionarios iraníes para que negocien con Estados Unidos, se ha abstenido de hacer más para ayudar a resolver una guerra que Pekín considera un problema de Washington. El ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, se reunió con su homólogo iraní, Abbas Araghchi, esta semana en Pekín. Wang pidió mayores esfuerzos para abrir el estrecho, pero también dijo que China respaldaba el “legítimo derecho de Irán al uso pacífico de la energía nuclear”.
Sin embargo, Trump dijo el jueves que cree que China no ha brindado más apoyo a la postura iraní por respeto a la relación que él tiene con Xi.
Tanto China como Estados Unidos han estado reforzando sus armas de guerra económica. Cuando el Departamento del Tesoro estadounidense impuso sanciones a una refinería china en abril por comprar petróleo iraní, China ordenó a sus empresas que no las cumplieran y promulgó normas que otorgaban a las autoridades poderes para investigar a empresas y gobiernos extranjeros.




